ELSA

Comienzo esta sección con una idea que lleva años rondándome por la cabeza. Es mi rendido homenaje a los animales que nos han acompañado en muchos episodios de nuestras vidas. Almas gemelas que, desde su particular mundo, nos han dado el aliento suficiente para que sigamos luchando en el nuestro. Valientes, divertidos, generosos, sacrificados, entretenidos son, no sólo el orgullo de sus congéneres, sino también la admiración de la raza humana. Compañeros siempre y desde siempre, han sacrificado tantas veces sus vidas por nosotros que les debemos nuestra más sincera admiración e infinitas gracias.
Empiezo con una historia muy particular, mi querida
ELSA
Era una perrita color canela, cruce de pastor alemán y padre desconocido. Su madre era una bella dama negra, alta y delgada que, muy elegante y distinguida, se paseaba con orgullo por el amplio patio de aquella vieja fábrica, que aún no estaba abandonada, a la que habíamos ido para comprar los últimos restos textiles que quedaban a la venta. Nosotros éramos unos niños y cuando la cogimos en brazos, ya no pudimos soltarla, fue tan difícil deshacernos de ella, que nos la llevamos puesta (con permiso, claro). Le pusimos el nombre de la leona que aparecía en la serie de televisión “Nacida libre” porque nos recordó tanto a la felina que pensamos que el nombre iba unido a ella, le pertenecía. Tenía una misteriosa mirada, entre tierna y fiera; no dejaba que nadie se propasase, pero le poníamos música y era la “fierecilla domada”.
Pasó el tiempo, íbamos creciendo con Elsa y, un buen día, nos dimos cuenta de que estaba preñada. El perro de unos vecinos fue el sospechoso número uno. Un grandullón muy negro y hermoso, que siempre rondaba cerca, su mejor amigo. Al mismo tiempo, un vecino lejano comenzó a quejarse por los ladridos nocturnos de la perra que nosotros, por cierto, no escuchábamos. En realidad, nadie oía nada, y no le dimos mucha importancia. Pero el fulano siguió diciendo que la perra le molestaba e iba a denunciar el hecho. Por más interés que pusimos, no logramos oír, en el silencio de la noche, ni un solo ladrido de Elsa ni de ningún perro cercano. Sabíamos que ella era consciente de que algo malo pasaba, pues estaba triste y cabizbaja, su mirada ya no brillaba de la misma manera. No queríamos que nadie la hiciera daño, iba a ser madre y eso tenía que ser lo más bonito que la pasara. Intentamos protegerla, pero cuando parió, desapareció.
No volvimos a verla y sus hijos tampoco, no la conocieron e intentamos que fueran felices. El vecino lejano también desapareció, en el interior de un laberinto de pasillos perteneciente al nuevo complejo psiquiátrico.

María del Pilar González-Torres

YEGUA

La niña sonreía cada vez que su padre se acercaba con la preciosa yegua color zaíno. Era el animal más bonito que había visto en su corta vida y, según se aproximaba, su sonrisa se iba transformando en una risa plena y sincera, sintiendo cómo la felicidad asomaba a sus mejillas y la yegua, que se daba cuenta, respondía alegre.
La niña se sostenía sobre el lomo del esbelto animal como si formara parte de un equipamiento inexistente, diseñado exclusivamente para la yegua, adaptado y a medida. Una vez que su padre la colocaba sobre el huesudo cuerpo, ella se agarraba firmemente a las largas crines y se dejaba guiar. ¡Era la libertad!
La yegua cuidaba de su huésped como si fuera el tesoro más preciado del mundo, le acariciaba con su suave y lento movimiento, le susurraba una tierna tonada en su lenguaje particular y ambas sentían el mutuo cariño que se profesaban.
Un día, el padre se dio cuenta de que la niña había crecido, no se explicaba como había sucedido tan pronto, pero la realidad es que los niños son rápidos en todo, hasta en eso. Colocó a la niña sobre la yegua y le dijo: “sujétate a las riendas, siempre, no las sueltes nunca y, cuando seas mayor, acuérdate de llevar sola las riendas de tu vida, que nadie las lleve por ti”. Y la niña aprendió a llevar las riendas.
Pasó un tiempo más y el padre vio que era hora de que la niña utilizase la silla de montar, pues ya no era tan pequeña y tenía que irse emancipando. Para ello, lo primero que tenía que hacer era conocer bien la montura. No podía montar si antes no aprendía todo lo relacionado con los aparejos que debía utilizar. Y aprendió. El contacto con la yegua ya no era tan directo, no sentía su piel, no sentía sus mimos.
La niña, aunque echaba de menos el primitivo contacto con su amiga, se sintió independiente y segura. Sabía que el animal estaba allí, la quería, respetaba y aceptaba siempre y, sobre todo, la protegía.

María del Pilar González-Torres

EL VECINDARIO (Un relato completo)

Las vecinas de la calle se reunían a diario en la tienda de Lola. Se conocían bien, aunque no coincidieran todas a la misma hora. Sabían de los problemas, enfermedades, ocupaciones y demás asuntos de todos y cada uno de los habitantes del barrio.
Lola no era de la ciudad, pero se había criado allí. Aparentemente era discreta, hablaba poco y tenía muchos detalles con los clientes. Y, en realidad, daba ideas (a veces no muy buenas), informaba sobre cosas que pasaban (a su modo) y hacía buenos negocios. La mayoría de la gente no se daba cuenta, pero cuando invitaba a una copita de vino a tres personas, por ejemplo, siempre había alguien que le compraba una botella. Y si, por la tarde regalaba algunas pastas de té, al día siguiente se había quedado sin ellas.
La calle era larga y estrecha, de una sola dirección. Nacía en la Plaza Mayor de la ciudad y moría pasado un arco muy distinguido que hubo pertenecido, en tiempos remotos, a una de las famosas puertas de nuestra bella localidad. La primera mitad estaba dedicada al comercio siendo un ir y venir de gente todos los días, mañana y tarde. La segunda mitad era turística y cultural, más tranquila. Vivían mejor y se salían un poco del punto de mira del cotilleo de los demás.
—Buenos días, Manuela. ¿Qué tal las aceitunas que se llevó ayer su marido?, ¿las han probado? —dijo Lola a la primera clienta de la mañana.
Manuela era una señora mayor que vivía con un marido jubilado al que tenía que aguantar todos los días en casa. No tenían hijos y sus vecinos estaban pendientes de ellos. Eran los abuelitos del barrio.
—Sí, gracias. Estaban muy ricas. Y eso que a mí no me gustan mucho las aceitunas negras, pero mi marido no dejó ni una.
—Pues si quiere le puedo dar más. Mejor, si se las lleva cuanto antes, que se acaban pronto.
—No, gracias, Lola. Otro día. Hoy quiero poca cosa, el pan y unas lentejas. De momento, nada más.
—Bien. La encuentro muy seria, Manuela. ¿No estará mala?
—No, hija. Debe ser el tiempo. Estos cambios me matan.
—Buenos días, Lola y compañía —dijo Natalia, una de las vecinas más jóvenes. Recién casada y con poca experiencia en la vida.
—Buenos días, Nati —dijeron al unísono.
—Me voy, —dijo Manuela— que tengo muchas faenas por hacer, luego se me hace tarde y a mi marido no hay quien le aguante cuando no está la comida a su hora.
—Pues yo que tú no le hacía ni caso, que se la prepare él, que ya es mayorcito — añadió Nati.
—¡Cómo se nota que eres nueva en esto!, ¡adiós! —contestó muy seria la anciana y se marchó.
—¿Qué la pasa a Manu? Está algo rara. Bueno y tú, ¿qué opinas?
—A mí no me preguntes, —respondió Lola— yo soy viuda.
Entonces entró Concha con el más pequeño de sus cuatro hijos. El niño era temido por todos porque a sus tres años daba más guerra que un adolescente. Luisito, , empezó a hacer de las suyas en cuanto su madre le soltó la mano.
—¡Sujeta al bicho, que se carga el negocio! —dijo Natalia asustada.
—No pasa nada, tranquila. ¡Cómo se nota que no tienes hijos! —le dijo una experta madre.
—¿Qué pasa hoy con todas? No he nacido ayer, aunque sea joven —dijo una inexperta de la vida cotidiana. — Y, ¿tú?, ¿qué pasa?, ¿no le dices nada? —dirigiéndose a Lola, por supuesto.
—Yo lo tengo claro. Si rompe algo pasaré la factura a los padres y si lo descoloca o lo ensucia, alguien de su familia tendrá que limpiarlo —añadió la aludida, mirando directamente a Concha.
—No hace falta ponerse a sí, digo yo —dijo la madre mientras sujetaba de nuevo al niño— dame cinco panes y la leche, que luego viene Claudia con la lista y se llevará lo demás.
En ese momento entró Marino. Trabajaba en un almacén que hacía esquina a la plaza. Llevaba un pañuelo en la cara, atado por detrás de la cabeza. Tenía un cáncer que había devorado por completo su nariz. Luisito le miró fijamente y le dijo:
—Eres un bandido.
—Sí, y como seas malo, ¡te pillaré! —dijo el hombre señalándole con el dedo índice de su mano derecha.
—Lo siento, Marino —dijo terriblemente incómoda la madre— ¡este niño!
—No te preocupes, Concha. No pasa nada. Es pequeño y no lo comprende porque no sabe lo que es esto. Y es mejor que no lo sepa en mucho tiempo. Yo ya estoy acostumbrado. ¡Cosas peores me dicen! Dame el pan, Lola, por favor.
—¡Oye, Marino! —gritó Antonio desde fuera- te esperamos esta tarde para la partida, ¿vas a ir?
—Si puedo sí, por supuesto. Hasta luego.
—¡Hasta luego! —respondió el médico, que vivía justo al lado del comercio.
Cuando Lola se quedó sola, entró en la trastienda y pegó un lingotazo al mejor licor que tenía para la venta. Entonces se dio cuenta de que llevaba ya un tiempo bebiendo y cada día que pasaba lo necesitaba con más ganas, pensaba mientras echaba un último trago antes de volver a la realidad de su solitario trabajo.

Al día siguiente, cuando Lola abrió la tienda, Raúl, el marido de Manuela, ya estaba esperando para llevarse el pan.
—Buenos días, Raúl. ¿Qué hace tan pronto en la calle? ¿No estará mala su señora?
—No. Buenos días, Lola. Es que esta mañana se ha ido temprano. Acabo de llegar de la estación. Ha ido a ver a su hermana que vive en Portugal, en Sintra, cerca de Lisboa.
—Pues no sabía que se iba. Ayer estuvo aquí y no me dijo nada.
—Porque ella tampoco lo sabía. Nos llamaron por la tarde. Y esta mañana se fue en el tren de las 8 y cuarto.
—Y ¿qué le pasa a su hermana? Si no es meterme donde no me llaman, claro.
—No, hija. Tú pregunta lo que quieras, por supuesto —dijo muy atento el hombre— Su hermana está enferma y la necesita en estos momentos. Llevaban muchos años sin verse y cuando ha llamado, mi Manuela, que es muy sentimental, se ha ido enseguida.
—No sabía que tenía una hermana. Nunca me ha hablado de ella.
—Es que es muy suya. Y no le gusta hablar de su familia. Como, además, no se hablaban…
—Bueno, pues espero que su cuñada se mejore y que Manuela vuelva pronto. Una temporada fuera de aquí, seguro que la viene de miedo. Necesitaba unas vacaciones, la pobre. Siempre en la misma ciudad, año tras año, es muy cansado y estresa mucho —dijo Lola.
—Sí, es verdad. Pocas veces hemos salido fuera.
—Menos mal que son un matrimonio muy avenido. Siempre se han llevado bien. Y les hemos visto muy felices. La echará de menos, seguro.
—Ya estoy deseando que vuelva —dijo Raúl un tanto apenado— Seguiré la misma rutina de siempre. Lo único que va a cambiar, es que, como no sé cocinar tendré que ir al restaurante de Marcelino todos los días. Para hoy, Manuela me ha dejado la comida preparada, pero en adelante vendré menos por aquí.
—¡Hombre!, ¿no estará mucho tiempo en Portugal?, ¿no?
—Ya, pero¡quién sabe!De momento…
Luisito entró como un torbellino. Claudia, su hermana mayor detrás de él, sofocada. Le sujetó tan fuerte del jersey que el niño patinó en el suelo y arrastró la nariz por el pavimento. En ese momento entró Asunción, la esposa del médico.
—Bien, yo me voy, adiós —Raúl se despidió, pero nadie se dio cuenta. Todos estaban ocupados con el niño, que no dejaba de llorar.
Cuando Claudia y Luisito se fueron, las dos mujeres comenzaron su animada charla. Mejor dicho, su cotilleo.
—¿Te has enterado de lo de Nati? —le dijo Asunción a Lola casi en un susurro.
—¡No!, ¿qué ha pasado? —contestó la tendera abriendo los ojos y también los oídos.
—Pues, —bajando la voz y mirando hacia la puerta le informó —su marido le ha puesto los cuernos y, ¿a que no sabes con quién? —siguió con intriga.
—No. ¿Con quién? —añadió Lola expectante.
—¡Con Concha! —dijo triunfante la informadora.
—¡No me lo puedo creer! ¡Venga ya! ¿Estás de broma? —dijo aliviada la receptora.
—¡Que sí!, ¡te lo juro! Cuando mi marido y sus amigos salieron anoche de jugar la partida les vieron. Estaban escondidos en el portal de la tienda de Marcos que, claro, cuando está cerrada no hay nadie. ¡Y, les descubrieron porque uno de ellos se tiró un pedo! Primero salió ella y luego él, muy colorados los dos. ¡Ya me dirás! —le dijo Asunción muy convencida.
—Pues es difícil de creer, pero si tú lo dices… —dijo Lola.
En ese momento entró Nati. Dio los buenos días, como siempre, y allí no había pasado nada. ¿Qué tal estás?, ¿qué tal la casa, el trabajo?, ¿qué tal el marido?
—Muy bien. Ricardo me ha dicho que hoy nos vamos a ir de viaje. Estoy muy contenta porque desde que nos casamos no hemos ido a ningún sitio —dijo la ignorante Natalia.
—Chica, ten cuidado, —le contestó Asunción— a veces, los hombres cuando quieren ocultar algo te hacen regalos o te llevan de viaje.
—No te preocupes, no hay problema. Confío mucho en mi marido. Es un encanto. Además, solo hace dos años que estamos casados.
—¡Ah! Eso qué tiene que ver, si tú supieras… —dijo Asunción.
—Bueno, habéis venido a comprar, ¿no? —dijo Lola preocupada.
Y en ese momento entraron unos extranjeros, cosa que aprovechó Asunción para irse.
Durante varios días no se supo nada de Natalia ni de Ricardo. En todo el barrio no se hablaba de otra cosa. Concha, prácticamente no salía de casa. Sospechaba lo que todo el mundo decía, aunque no lo hubiera escuchado y la daba vergüenza. Su marido trabajaba como albañil en otra ciudad. Solamente iba a casa los fines de semana y ella no tuvo ningún problema en convencerlo de no salir, quedarse en el piso viendo películas o para llevar un rato a los niños al campo. Y él encantado, sin sospechar nada. La única que imaginaba algo era Claudia, pero no dijo ni mu. Ahora, su madre le dejaba más libertad para que llegase cuando quisiese, no lo iba a estropear.
Cuando volvieron los viajeros todos los vecinos estaban intrigados y expectantes. ¿Qué pasará? No se hablaba de otra cosa. Ya se decía que los niños no eran del pobre albañil cornudo. Que él lo sabía y lo consentía. Que el pequeño Luisito era clavadito a Ricardo. Que Nati era una ingenua. Que los amantes seguían juntos… Aunque la realidad es que nunca nadie les vio.

Tres años después, una calurosa mañana del mes de mayo, les sorprendió a todos con una inimaginable noticia.
—Buenos días, Lola —dijo Marino entrando en la tienda— dame el pan y dime qué es lo que te debo de ayer.
—Buenos días. ¿Qué pasa hoy en la calle? Parece que hay un cierto revuelo —dijo Lola intrigada.
—No lo sé. Acabo de llegar, pero es verdad. Han entrado varias personas en casa de Raúl —dijo Marino mientras miraba hacia la calle— Ahora viene la Policía. Perdona, voy a ver qué pasa.
—¡Por favor! ¡Ven a contármelo! —dijo Lola muy nerviosa.
Cuando el hombre salió entró Asunción. Y varias personas más que estaban en la calle se metieron en el establecimiento. De momento, nadie sabía lo más mínimo. Esperaban impacientes a que alguien les dijese lo que había pasado. Hasta que llegó Antonio buscando a su mujer.
—Es Raúl —informó el médico.
—Pero, ¿qué le ha pasado?, ¿ha muerto?, ¿se ha caído?, ¿qué? —dijo Lola angustiosamente— ¡estamos muy nerviosos!
—No, nada de eso —dijo Antonio muy serio— Parece ser que hace unos años mató a Manuela.
—¡No! ¿Cómo puede ser? —dijeron varias personas.
—Llevaba unos años desaparecida y hubiera seguido así si no fuera porque el otro día, cuando Raúl se rompió una pierna, una enfermera fue a su casa para cuidarlo. La chica se mosqueó cuando el anciano, muy exaltado, no la dejaba limpiar en un sitio determinado y se lo comunicó a un asistente social. Investigaron con mucho cuidado. Y ahora, han descubierto que desde que Manuela desapareció ha estado allí, metida dentro de una tinaja.¡Cortada en trocitos!
Sus oyentes se quedaron mudos. Un montón de ojos parecía que iban a salirse de sus respectivas órbitas. Lola cogió una botella de debajo del mostrador y se la llevó a los labios mientras los demás la miraban, pero no dijeron nada. El silencio que reinó duró una eternidad. Podía haber pasado un ángel.
—¡Joder, con el vecino! —fueron las primeras palabras que salieron de la boca de Lola, la más sorprendida de todos.
Entonces entró Marino y todas las miradas se dirigieron a él de manera interrogante. No hizo falta preguntarle. Habló solo.
—La mató el día que dijo que se había ido de viaje. No tenía ninguna hermana. La metió a trozos en una tinaja grande que tenía en la despensa. Nadie se dio cuenta de nada. ¡Qué capullo! —dijo el hombre, fatigado.
—Y nosotros sin sospechar en absoluto —dijo Asunción, algo molesta por no haberse enterado antes.
—Estábamos tan ocupados con el tema de Nati y compañía —añadió Lola— que no hemos visto otra cosa y todo lo demás nos parecía normal. Siempre creí que era verdad que Manuela se había ido. Y aunque han pasado unos años no imaginé que eso pudiera significar algo.
—Sí, y yo —dijo Asunción— Aunque, pensándolo bien, lo de los amantes no era nada comparado con esto.
—Es que, realmente no era nada —dijo Antonio— ni siquiera una aventurilla incipiente. Solo una coincidencia en el portal de una tienda. Lo demás os lo habéis inventado.

FIN

MARÍA DEL PILAR GONZÁLEZ-TORRES

SOY LEYENDA

“El último hombre sobre una tierra poblada de vampiros”, la frase que destacada en la portada, nos resume a la perfección la inquietante historia de Robert Neville, un hombre alto y rubio, de unos treinta y seis años, que a través de sus brillantes ojos azules observa las ruinas de nuestro planeta.

“Soy leyenda” es una novela corta, escrita por Richard Matheson, un periodista norteamericano de New Jersey que, desde que nació en 1926 hasta su muerte en 2013, cosechó una gran cantidad de premios y numerosos éxitos le avalan como escritor y guionista de cine y televisión. Cabe destacar la serie “Expediente X” o la novela también llevada al cine “El increíble hombre menguante”. Considerado por algunos destacados literatos como uno de los mejores escritores del siglo XX.

Dentro de un género tan popular y preciado como el de terror y ciencia-ficción, Matheson despliega la magia de su saber en una entretenida novela caracterizada, sobre todo, por la angustia y el aislamiento que vive el protagonista, único superviviente de una raza en extinción. Una guerra bacteriológica es la culpable de la desaparición del ser humano, dando paso a una nueva raza de vampiros. Neville se ha quedado solo, vive cada día para defenderse como mejor puede de esos demonios depredadores que le asedian durante la noche. “Y arrastrados a su pesar por antiguos temores, los vampiros se repugnaban a sí mismos, alzando una oscura cortina mental. Eran, de ese modo, esclavos solitarios de la noche, almas perdidas y agobiadas, que buscaban solaz en la tierra nativa, para sentirse unidos a algo, a cualquier cosa”. Como un auténtico Robinson del asfalto, Neville sobrevive y se defiende hasta sufrir profundos dolores, físicos y psicológicos, que se apoderan de él en muchos momentos, críticos y delicados. Por las noches, tiene que soportar el asedio de los vampiros y durante el día se dedica a limpiar las calles de los despojos de esos repugnantes seres, que no soportan la luz ni la cruz. ¿Por qué el ajo les afecta de esa manera?, se pregunta constantemente. ¿Por qué unos mueren y otros no? Y se dedica a investigar. Dispone de recursos y tiene tiempo de sobra. “Sintió que el escalofrío le bajaba por la espalda. ¿Era posible que el germen que mataba a los vivos animase a los muertos?”

La novela, escrita en 1954, transcurre entre 1976 y  1979. Narrada en tercera persona, con un estilo claro, sencillo y cuidadoso a la hora de elegir las palabras más adecuadas, muy propio de la época. Personajes, los justos. Y, como he dicho antes, una historia corta que hace más fácil la lectura. No busquemos compararla con la película protagonizada por Will Smith porque nos parecerá diferente. Ambas son buenas.

Creo que el lugar más adecuado para leer esta historia es dentro de una habitación solitaria, tumbado cómodamente, con una iluminación directa a las páginas del libro y alrededor la sorprendente penumbra de una inquietante oscuridad plagada de misteriosas sorpresas. Y pensando: “¿yo también seré una leyenda?”.

María del Pilar González-Torres

 

EL REY ARTURO

“Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros” de John Steinbeck (según la obra de Sir Thomas Malory y otras fuentes) es uno de mis libros favoritos, por eso, me es muy difícil hacer una buena crítica. Me parecería casi un sacrilegio. Pero aquí está:

“Damas y Caballeros, pasen y lean una de las más fabulosas historias jamás contadas”.

Steinbeck quiso contar las clásicas aventuras de los Caballeros de la Tabla Redonda con una óptica moderna, conducir el significado de estas historias a la lengua llana, para que los más jóvenes pudieran disfrutar de ellas, sin excluir ni añadir nada, preservando la maravilla y la magia. Nada que ver con las deformaciones del cine. Este Premio Nobel de Literatura nacido en California en 1902 y fallecido en Nueva York en 1968, recreó como nadie la ascensión al trono de Arturo, sus numerosas victorias sobre los reyes rebeldes, los enigmáticos prodigios y las singulares profecías de Merlín, los amores de la reina Ginebra con Lanzarote del Lago y las aventuras de los más prestigiosos caballeros en un mundo alucinante, lleno de extrañas criaturas.

Dentro de las páginas de este libro veo el sentido de la vida, como unos lo ven en  La Biblia, otros en Así habló Zaratustra, y algunos en El Principito. Es mi filosofía. Lanzarote o Lancelot es mi ejemplo a seguir: la nobleza, la valentía, la justicia, los valores más positivos del ser humano, esos que debemos imitar y alimentar en nuestro interior. “Hay un sitial en la dignidad no tocado por la envidia, cuyo ocupante cesa de ser un hombre para transformarse en receptáculo de los anhelos del mundo, un sitial generalmente reservado a los muertos, de quienes no pueden esperarse rechazos ni recompensas, pero en este momento Sir Lanzarote era su indiscutible poseedor”.

Merlín encarna la sabiduría, la triste visión del que sabe lo que va a pasar, del mago que sufre y nos da una clara lección: nunca podremos zafarnos de nuestro destino. “Porque soy sabio -respondió Merlín con serenidad- En la lid entre la sabiduría y los sentimientos, la sabiduría nunca triunfa. Te he predicho el futuro con certeza, mi señor, pero no por saberlo podrás cambiarlo siquiera en el grosor de un cabello. Cuando llegue la hora, tus sentimientos te precipitarán a tu destino -Y Merlín se despidió del rey que él mismo había creado”.

Los carismáticos Arturo y Ginebra, los famosos caballeros sir Marhalt, sir Ewain, sir Gawian, la siniestra Morgan Le Fay, personajes imprescindibles y que nos dan lecciones inolvidables, hacen que esta sea, en conjunto, una de las historias mejor contadas. Cuando terminas de leer la última página y cierras el libro, sientes que has perdido a un amigo muy querido, que te ha dado sus mejores consejos para que sigas algo más recto en el camino de tu vida y puedas mantenerte sin tantos baches.

Como he dicho al principio, es uno de mis libros favoritos, porque lo que despierta en mí, cada vez que lo leo, es gusto y placer por la lectura, más que ningún otro, por eso lo recomiendo sin dudarlo y os nombro caballeros de honor. “Sé que es tan paralizante poner la guerra en manos de un soldado como dejar la religión en poder del clero. Pero algún día, un caudillo más interesado en el triunfo que en la ceremonia conducirá a estos hombres… y entonces… se acabaron los caballeros”.

María del Pilar González-Torres

EL ARMARIO DE LOS RECUERDOS Y LOS SUEÑOS

Una maleta de cuadros, unas nostálgicas cartas, los más elementales utensilios de escritor y un humeante, pero imprescindible, café, componen la más adecuada ilustración para este memorable y onírico título.

Un libro de relatos en los que la autora mezcla la realidad con la ficción, aunque no importa si no las distingues, porque Celia te introduce de tal manera en cada una de sus historias, que participas tan activamente como en cualquiera de tus sueños, aunque sean los suyos.

Celia Astiz Carranza, una escritora madrileña con sus venas llenas de pura sangre navarra y de Tarancón. Gran conocedora del arte, la historia y la literatura, es una de las muchas autoras independientes de la actualidad y una de las pocas que, en realidad, promete.

Me he permitido el lujo de abrir su “armario de los recuerdos y los sueños” y he viajado por sus páginas. Durante ese corto y apasionante viaje, he sonreído, entristecido y me he sorprendido gratamente. Un trayecto que me ha ido descubriendo cómo su alma bohemia ha disfrutado plasmando en el papel sus sentimientos, sus nostalgias, sus aventuras y sus más sentidos homenajes.

“El armario de los recuerdos y los sueños” es un libro con más de veinte relatos breves e inolvidables, escritos con el cariño y la sabiduría de alguien dispuesto a crecer en esa maravillosa tarea de seducir al lector.

Como no es fácil hacer un resumen del libro en conjunto, jugaré un poco con algunos de sus títulos, idea que me ha inspirado la propia autora.

Con su “maleta de cuadritos” “al este del andén”, esperando ese tren especial en el que va con su “prima a París”, entre “Gaspar” y “un castaño”, bajo “la nube Paquita”, “el tío Manolo” va a despedirla y le entrega “las cartas de la abuela Ramona”, “el paraguas y las lentillas” que olvidó en casa, “entre pinceles de humo y sábanas de seda”.

Confieso que he mostrado alguna reticencia al abrir las páginas del libro, pero es diferente a lo que imaginaba. Ya, solamente el primer relato, sorprende. Es una sorpresa fantástica y agradable. De los siguientes escritos puede que, alguno me haya dejado perpleja, pero, desde luego, ninguno me ha dejado indiferente. El libro es una mixtura de realidad y fantasía que enamora.

Escritura pulcra y sencilla. Destaco un párrafo elegido al azar: “Nada como una carta manuscrita, fijar la mirada en el remitente, en el destinatario, una y otra vez. Deslizar los dedos suavemente por la escritura, acariciar el papel y sentir el pulso de la tinta en cada letra, en cada frase, en cada párrafo, el latir del corazón de las palabras, la alegría, la tristeza, y hasta la música, leer y releer. Imaginar, soñar…”

Gracias, Celia. ¡Qué sueñes bonito!

María del Pilar González-Torres

EL ARCOLIBRIS DE COLORES

Un título alegre y muy colorido para dar la bienvenida a un conjunto de poemas compuestos por una autora cacereña y destinados a una “educación en libertad, respeto e igualdad”.

Pilar Alcántara nació en Cáceres en 1967 y es una profesora muy comprometida con la labor que desempeña en su envidiable trabajo.

A través de cada uno de sus poemas, sus palabras me trasmiten una personalidad inquieta, aventurera, orgullosa y satisfecha de su labor, cariñosa, comprensiva y tremendamente sensible.

“El arcolibris de colores” es un libro que, desde lejos, se percibe que ha sido escrito con mucho cariño y con bastante sensatez. Una bonita manera de explicarle a un adulto los pensamientos de los niños frente a la sociedad actual.

“En el barrio de la Libertad

hay mucha gente,

de colores distintos,

lenguas diferentes.

En el barrio de la Libertad

huele a limones,

a especias, a dulzaina,

a naranjas y a melones.

En el barrio de la Libertad

hay un gran parque

donde niños y niñas juegan

a saltimbanquis.

Gentes

del sur de la tierra,

del norte, del este,

del mar, del oeste.

En todas las ciudades

del mundo entero,

hay un barrio de la Libertad,

que gira y gira

mezclando los colores

lenguas y sabores

voces y risas.”

No solamente gusta al amante de la poesía. Gusta al niño y al mayor. Es de lectura rápida, entretenida y de muy fácil comprensión. Un libro que va a despertar en nosotros unos limpios y profundos sentimientos de solidaridad, afinidad y una gran complicidad.

Debo destacar los fantásticos dibujos que acompañan al texto. Se nota que están realizados por una gran artista. Mi enhorabuena. Lo recomiendo muy fervientemente. ¡Chapó!

María del Pilar González-Torres

 

 

 

EL DESPISTE DE DIOS

Al final del libro, en “Nota del autor”, leo lo siguiente: “Si este pedacito de mi historia arranca una sonrisa, una emoción o un solo segundo de esperanza, me daré por satisfecho”. Pues puedes darte por satisfecho, Diego. Porque tu historia, la pequeña e intensa parte de tu historia que relatas en este maravilloso libro, ha suscitado en mí la sonrisa ante varios episodios de tu vida que reflejan algunos episodios de la mía. Así como algunas anécdotas que cuentas que, aunque no tengas nada que ver, te sacan la sonrisa sin ningún esfuerzo. La emoción, no solo al haber leído desde mi interior, también de haberme puesto en tu lugar. Y esperanza en muchas cosas, sobre todo, en que en nuestra “muy noble y muy leal” ciudad de Plasencia, pronto dejen de existir esas personas tóxicas que tanto nos hacen sufrir a muchos y a los que no me importaría (si tuviera dinero suficiente) mandar a tomarse unas cañas a San Petersburgo.

Diego Neria Lejárraga, es el autor de un excelente libro sobre su vida. El testimonio del primer transexual de la historia en ser recibido por un papa. Nacido en Plasencia, una bella ciudad del oeste de España. En 1966, le dio la bienvenida este mundo cruel y humano. Un hombre que nació atrapado en un cuerpo de mujer. Obtuvo su reasignación de género en 2007 y el 24 de enero de 2015 fue recibido por el papa Francisco.

“El despiste de Dios” es el afortunado título que le ha otorgado este genio de la expresividad y la palabra clara, llana, diáfana. Un libro que se divide en dos partes, muy bien estructurado. Capítulos cortos, amenos, entretenidos, con letra grande y no llega a las 200 páginas. A mitad de semana dije que lo compraría y lo leería, pero nunca imaginé que, antes de que terminara la semana, ya estaba escribiendo la reseña.

Cabe destacar algunas frases que, personalmente, me han parecido significativas.

“Si me talaran como a un árbol, encontrarían cuarenta anillos de sufrimiento, uno por cada año que pospuse la operación, la reasignación, mi vida”.

“Adolescentes y algún que otro malnacido cargado de prejuicios (prejuicios aprendidos en casa, nunca en los libros, en las películas o en el contacto humano) olisqueaban mi debilidad y disparaban, sin disculpas, sin reparar en el daño causado”.

Una gran narración desprendida de la flor del corazón, del sentimiento más profundo, inmersa dentro de un género de vivencias personales, que no nos deja indiferentes en absoluto.

Escrito en primera persona, su estilo es directo e informal, tremendamente realista, trata al lector con toda la familiaridad de la que le es posible, estableciendo una rápida comunicación entre emisor y receptor.

No voy a contar su argumento, hay que leerlo. Una recomendación: leedlo desde vuestro interior, con el alma, pues de otra manera no se puede.

“Dios da las batallas más difíciles a sus mejores soldados”. El papa Francisco.

María del Pilar González-Torres

EL FANTASMA DE CANTERVILLE

Es uno de los más famosos cuentos del genial y excelente narrador, venerado por muchísimos, Óscar Wilde. Un relato corto, pero con los ingredientes necesarios para que la historia resulte tan interesante e intrigante como una larga novela. Escrito con una impecable prosa, como todos sus relatos, destacando esa ironía y ese humor inteligente al que nos tiene acostumbrados a sus amantes lectores.

Óscar Wilde nació en Dublín en 1854, hijo de un cirujano y de una escritora. Esos genes fueron los causantes de su gran sensibilidad y esa fina agudeza tan personalizada, que hicieron de él uno de los mejores literatos en lengua inglesa de todos los tiempos. Defensor de la teoría de “el arte por el arte” y representante activo del dandismo. El elegante, el refinado, el bohemio. Excelente contador de historias, siempre con su característica y exquisita mezcla de humor, sentimentalismo, sentido dramático y fuertes emociones. Una maravillosa novela, sus fantásticas obras de teatro y los geniales relatos, componen su interesante obra. Sus extravagancias y su personalidad fuera de la sociedad, le hacen un proscrito, perseguido y encarcelado por ser como es.

“El fantasma de Canterville” cuenta cómo una familia estadounidense compra un clásico castillo inglés. El saber que existe una extraña presencia en el inmueble, no les impide habitarlo. El fantasma intenta asustarlos con todos los medios disponibles, pero los nuevos inquilinos no se asustan fácilmente. “Me temo que el fantasma existe -dijo lord Canterville, sonriendo-, aunque quizá se resista a las ofertas de los osados empresarios de su país. Hace ya más de tres siglos que se tiene noticias de él. Data, precisamente, de 1574, y no deja nunca de mostrarse cuando está a punto de ocurrir alguna defunción en la familia.  
-¡Bah! Los médicos de cabecera tienen la misma costumbre, lord Canterville. Amigo mío, no puede ser cierta la existencia de un fantasma y no creo que las leyes de la Naturaleza admitan excepciones a favor de la aristocracia inglesa”.
Y el fantasma, por más que lo intenta, no puede con esa extraña familia que le deja en evidencia, una y otra vez. “Al día siguiente, el fantasma se encontró muy débil y cansado. Las terribles emociones de las cuatro últimas semanas habían empezado a surtir su efecto. Tenía el sistema nervioso completamente destrozado y se alteraba al más ligero ruido”.

Escrito con el estilo ameno, entretenido y divertido característico de Óscar Wilde. Con esa elegancia innata que traslada a través de sus dedos a la pluma con la que, acariciando el papel, expresa toda su inteligencia y sensibilidad. Otorga, además, a los personajes unas cualidades que definen muy bien cada uno de los roles que interpretan.

Wilde enfrenta el carácter práctico y realista de los americanos, al temperamento asustadizo y a las arraigadas costumbres inglesas. El relato está sembrado de unas pinceladas de humor inolvidables. Perfecto para leerlo de noche y a la luz de una vela. ¡Felices sueños!

María del Pilar González-Torres

ROBINSON CRUSOE

Es un clásico de la literatura universal y, como tal, hay que tratarlo siempre con todo el respeto que se merece por tan alta distinción. Una gran obra de las letras inglesas, una obra de arte que merece el reconocimiento de los demás, no solamente por su narrativa sino también por esa extraordinaria aventura que, Daniel Defoe, cuenta con tanta clase de detalles, de una manera tan sencilla y con esa magia salida de sus manos a través de su mágica pluma, que sin darnos cuenta, ameniza nuestro tiempo de lectura de tal manera que se nos hace corto.

Daniel Defoe nació en Londres en 1660. Estudió para sacerdote pero los negocios ejercieron sobre él un mayor atractivo. Esto le dio la oportunidad de viajar bastante en calidad de representante de tejidos. Ya se sabe, el que viaja, aprende. Y, después de colgar también el hábito del negociante, se dedicó a la literatura. Obtuvo un puesto en el Gobierno, que le vino muy bien para escribir algunos ensayos, destacando por su sagaz ironía, lo que le llevó hasta la cárcel. Salió de ella, posiblemente, a condición de actuar como agente secreto. Una vida tan interesante como sus novelas, sobre todo, la más conocida de ellas: Robinson Crusoe, que publicó con casi sesenta años de edad.

Robinson Crusoe es un joven inglés que después de irse de casa a temprana edad, recorrió medio mundo a bordo de varios barcos, como aprendiz de todo y maestro de nada. Sus padres no querían que se fuese, pero era tal la atracción que sentía por el mar, la aventura, una, tal vez, soñada libertad que no pudo resistirlo y se embarcó. “-Ese muchacho podría ser feliz si se quedara en su hogar: pero si sale de viaje será el más miserable de los mortales-“, dijo su padre. Frase que recordaría toda su vida. Y, después de varias empresas por diversos mares, un día el navío en el que viajaba, naufragó. Fue a parar a una isla completamente desierta. Desembarcó un 30 de septiembre de 1659 y, para no olvidar los días del mes y de la semana, los fue señalando en una tabla. “A los costados del palo, que era cuadrado, hice una muesca por cada día, marcándola algo más para los días domingos, y el doble para indicar el primero de cada mes. Conseguí así tener un calendario”. Se las apañó bien ya que el barco había encallado cerca y pudo servirse de todo lo que contenía. En el último capítulo cuenta su interesante paso por España en una singular travesía con lobos incluidos.

Novela de aventuras de estilo didáctico narrada en primera persona. Cuenta las penas y alegrías de un hombre solitario por la fuerza de las circunstancias, con un deseo grande de poder comunicarse con otros seres humanos, pero al mismo tiempo, receloso por perder alguna vez su libertad. Se siente el rey de su pequeño mundo y, aunque también se siente abandonado por la humanidad, duda. Es feliz, pero le falta algo.

Los demás personajes son muy, pero que muy, secundarios. Aunque forzosamente necesarios, dándole el respaldo y el apoyo suficientes para mantener la atención del lector en todo momento. Así, por ejemplo, el nativo Viernes tiene su corto pero importante papel.

Una maravillosa obra salida de una virtuosa y sabia pluma. Es mucho más interesante leerse el libro en cualquier edición que ver la película en cualquier versión.

María del Pilar González-Torres